Rescatemos la sobremesa

Rescatemos la sobremesa

Ser padres, vaya trabajo!

En un mundo hiperconectado, globalizado, exigido y demás adjetivos que se le quisiera poner a la actualidad quedarían cortos. Es común que entre la década de los 30 a los 40 años una persona persiga el posicionamiento laboral y es en esa década coincidentemente con la venida y crianza de los hijos en la familia.

Esta montaña rusa laboral hace que a veces, se pierda la brújula de lo importante en nuestras vidas. Nos amparamos en “es mi momento, si no despego ahora no lo hago más” o “es la oportunidad que esperé toda mi vida”, olvidándonos que trajimos al mundo unas criaturas para criar y educar y que precisamente no eligieron venir, sino que nosotros decidimos por ellos  traerlos a este mundo.

La exigencia laboral nos indica que tenemos que ser amables y sonrientes tanto con nuestro jefe como con nuestros compañeros laborales, uno es amable y gentil y esa exigencia trae sus consecuencias. ¿Qué pasa cuando llegamos a nuestra casa?, muy probablemente todas las tensiones se descompriman y podemos mostrar nuestra verdadera cara pensando que los habitantes de la casa  tienen que comprender lo que la exigencia laboral nos demandó. Si la propia casa es el paraíso terrenal con el que todos ansiamos llegar; ¿es necesario traer lo peor de un mismo? La respuesta tendría que brotar con un solo pensamiento “claro que no”. Llegamos tensionados, sin ganas de hablar con nadie y menos de mirarnos a la cara, los hijos corren a demandarnos tiempo y lo primero que se nos ocurre es “porque no estará dormido”.

En ocasiones la falta de diálogo favorece a una gran falta de comunicación. El momento de la mesa y encuentro familiar es una ocasión de encender el T.V. evadirnos de la realidad y empobrecer más nuestra comunicación familiar.

Se han estudiado porque hay familias más felices que otras y un punto clave es el vínculo que se genera al compartir la comida. Hay mucha evidencia que la desintegración familiar y la falta de ritual de la comida todos juntos a la noche, o en una de las comidas del día, favorece la obesidad infantil y es más, el acto de la comida en si no es tan importante  como la conversación que allí se desarrolla.

La mesa familiar tiene que transitar por ser un encuentro ameno, sin tensiones, ni provocar discusiones en ese momento, ya sea entre esposos o entre padres a hijos retándolos por una mala nota o un mal comportamiento. Los chicos, sabiendo que la mesa, se va a convertir en un momento hostil van a evitar el contacto, haciéndonos perder a los adultos la posibilidad de escuchar atentamente por donde transcurre la vida de nuestros hijos.

Es un momento para prestar atención qué relación tienen nuestros hijos con la comida, por ejemplo si come muy rápido, ansioso, voraz, si se lleva trozos muy grandes de alimento, promover la masticación adecuada, etc. Es el momento de regularles la porción y no servir dos o más platos para tenerlo callado, si cualquiera de nosotros hacemos un mea culpa de nuestros orígenes alimentarios, vamos  a recordar frases como “en el plato no se deja nada”, “si no comes todo no hay postre” o tal vez “cuando termines de comer podrás ver tele o jugar”.

La falta de tiempo para detectar estas cosas hace que, ante la culpa por pasar mucho tiempo fuera, volvamos a la casa con una golosina o  el cubrir todas las necesidades o demandas del niño con comida. Muchas veces el niño se encuentra enfadado, tiene miedo o se siente solo. El hecho de cubrir todos sus requerimientos con alimentos lo confunde. No le permite diferenciar entre la sensación de hambre y sus necesidades afectivas. Esto le lleva a la sobrealimentación y futura obesidad.

No se debe utilizar la alimentación para suplir otras necesidades emocionales ni para gratificar al niño. El niño necesita que lo escuchen y jueguen con él.

 

Por lo pronto entonces te propongo enseñar a disfrutar de la mesa, tiempo para el diálogo y la reunión familiar y esa sí que va a ser la mejor inversión de tu vida.

 

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